Anoche soñé que mi cuerpo era un caudal
En anoche soñé que mi cuerpo era un caudal, publicado este mes por Seix Barral, la escritora y periodista colombiana transforma la experiencia de la fibromialgia en una exploración poética sobre el cuerpo, el Caribe, la memoria y la ancestralidad. Con una escritura que recupera la musicalidad del habla caribeña y un universo visual creado en acuarela por Elizabeth Builes, Petro de León se suma a las voces nuevas de la poesía latinoamericana contemporánea.
Hay dolores que pueden existir durante años antes de encontrar un nombre. La fibromialgia es uno de ellos. Se caracteriza por un dolor generalizado que puede estar acompañada de fatiga, dificultades de sueño, lagunas mentales, síndrome del intestino irritable, problemas de concentración y muchos otros síntomas, pero no existe un examen de sangre, una radiografía o una prueba única capaz de confirmarla. El diagnóstico es clínico y sus síntomas pueden confundirse con los de otras enfermedades, por lo que para muchos pacientes el camino hasta saber qué ocurre con su cuerpo implica consultas, pruebas y períodos prolongados de incertidumbre.
Ese territorio incierto es el punto de partida de anoche soñé que mi cuerpo era un caudal, de Irina Petro de León. Pero el libro no intenta convertir la enfermedad en una historia clínica ni explicar la fibromialgia desde la medicina. Hace otra cosa: se pregunta qué puede hacer la literatura con un dolor que existe aunque los exámenes no sepan mostrarlo, cómo se escribe un cuerpo cuando incluso nombrar lo que sucede en él resulta difícil. En uno de los versos más contundentes del libro, Petro de León lo resume así: “antes de que llevara un nombre, el dolor era dolor”.
La propia experiencia de la fibromialgia aparece explícitamente en sus páginas. Petro de León escribe sobre la espera de las pacientes, sobre el deseo de encontrar una explicación y sobre las distintas respuestas que fue recibiendo para entender qué ocurría con su cuerpo. Pero esa experiencia individual se expande pronto hacia una pregunta colectiva: qué pasa con los cuerpos cuyo sufrimiento no es evidente para los demás y con las personas —especialmente las mujeres— que tienen que insistir una y otra vez para que su dolor sea escuchado. En otra de las prosas del libro, la autora aborda precisamente la sospecha que suele rodear a quien está enfermo y la necesidad de poner la palabra al servicio de aquello que cuesta hacer visible.