Por: Anderson Gañán, docente de psicología e investigador del Politécnico Grancolombiano Vivimos en una época donde la tecnología promete eficiencia, conexión y progreso. Pero en medio de esa promesa, hay una realidad que muchos trabajadores están experimentando en silencio: un malestar persistente, difícil de explicar, que no se cura con vacaciones ni con apagar el
Por: Anderson Gañán, docente de psicología e investigador del Politécnico Grancolombiano
Vivimos en una época donde la tecnología promete eficiencia, conexión y progreso. Pero en medio de esa promesa, hay una realidad que muchos trabajadores están experimentando en silencio: un malestar persistente, difícil de explicar, que no se cura con vacaciones ni con apagar el computador por un rato. A ese fenómeno lo he llamado tecnomalestar, y es el centro de una investigación que lideré desde el Politécnico Grancolombiano.
El tecnomalestar no es simplemente estar cansado de usar tecnología. Es una experiencia emocional compleja que combina ansiedad, frustración, pérdida de sentido y un desajuste profundo entre lo que hacemos y lo que somos. A diferencia del tecnoestrés (que se refiere al agotamiento por el uso excesivo o inadecuado de herramientas digitales), el tecnomalestar apunta a algo más profundo: cómo la tecnología está afectando nuestra identidad profesional, nuestras relaciones laborales y el equilibrio entre la vida personal y el trabajo.
Durante la investigación, identificamos síntomas que van más allá del agotamiento técnico. Hablamos de tecnoansiedad, tecnoadicción, tecnofragmentación (la dificultad para mantener la atención entre múltiples pantallas), tecnofatiga y telepresión, esa urgencia obsesiva por responder de inmediato a cualquier mensaje laboral. Estos síntomas no son simples efectos colaterales, son señales de un desgaste emocional, simbólico y social que está creciendo silenciosamente en los entornos laborales digitalizados.
La pandemia de COVID-19 aceleró este fenómeno. El teletrabajo masivo, la hiperconexión y la desaparición de las fronteras entre oficina y hogar crearon un entorno donde estar “siempre disponible” se volvió la norma. En Colombia, esta situación se agrava por una brecha preocupante: muchos trabajadores no cuentan con la infraestructura, formación ni acompañamiento necesarios para adaptarse a esta nueva realidad digital. Esto genera una sensación de inutilidad, frustración e incluso hostilidad hacia la tecnología.
Pero lo más alarmante no son los síntomas físicos, entre los que se encuentran los trastornos del sueño, cefaleas o fatiga visual, o los psicológicos, como la ansiedad o la culpa constante por no ser “suficientemente productivos”. Lo más grave es el impacto en el sentido del trabajo, ya que muchos empleados sienten que su rol ha perdido valor frente a las máquinas y que su aporte es irrelevante. Ese vacío simbólico, difícil de nombrar, es profundamente desgastante y afecta directamente la motivación y el bienestar.
A pesar de este panorama, hay algo que me ha conmovido profundamente: la capacidad de los trabajadores para resistir. Lejos de resignarse, muchas personas están desarrollando estrategias individuales y colectivas para mitigar este malestar. Desde desconectarse a horarios fijos, separar dispositivos personales y laborales, hasta crear rituales de cierre de jornada o usar el humor como escudo simbólico. Estas microdefensas, aunque informales, son actos de cuidado y agencia frente a un entorno que exige productividad ilimitada.
Algunas de estas estrategias son simples pero poderosas: desactivar notificaciones, establecer horarios inamovibles de desconexión, usar mensajes automatizados para frenar la telepresión. Otras son más simbólicas: abrir espacios de conversación entre colegas para expresar malestares sin juicio, resignificar el error como parte del aprendizaje o pactar pausas digitales colectivas. No eliminan el malestar, pero lo contienen, lo nombran y lo resisten.
El tecnomalestar no es solo una categoría diagnóstica, es una alerta. Una invitación urgente a repensar cómo queremos trabajar, cómo queremos vivir, a recuperar el sentido, el cuerpo, el tiempo… a recordar que la tecnología debe estar a nuestro servicio, y no al revés. Porque cuando el trabajo duele, no basta con adaptarse, hay que transformar.














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