Por: Erik Fabián Rico, líder del Centro de Pensamiento en Talento Humano y Organizaciones Saludables del Politécnico Grancolombiano Hablar del campo en Colombia es hablar de fuerza, de terquedad bonita, de esa capacidad que tienen nuestros campesinos para seguir sembrando, aunque el cielo no ayude. Pero últimamente, algo más profundo está pasando. Algo que
Por: Erik Fabián Rico, líder del Centro de Pensamiento en Talento Humano y Organizaciones Saludables del Politécnico Grancolombiano
Hablar del campo en Colombia es hablar de fuerza, de terquedad bonita, de esa capacidad que tienen nuestros campesinos para seguir sembrando, aunque el cielo no ayude. Pero últimamente, algo más profundo está pasando. Algo que no se ve a simple vista, pero que se siente en el cuerpo, en la mente, en el ánimo. El cambio climático no solo está secando ríos o inundando cultivos, también está afectando la salud mental de quienes viven de la tierra. Y eso, créanme, es tan grave como una plaga.
Desde el Centro de Pensamiento en Talento Humano y Organizaciones Saludables del Politécnico Grancolombiano, junto con colegas del SENA, la Javeriana y el INALDE, nos dimos a la tarea de investigar este tema. Queríamos entender cómo se siente el cambio climático en la piel de los trabajadores rurales. Y lo que encontramos fue duro: ansiedad, insomnio, eco estrés, solastalgia, tristeza, miedo. No por cosas abstractas, sino por realidades diarias. ¿Qué pasa si mañana no hay cosecha? ¿Si la lluvia no llega? ¿Si llega y lo arrasa todo?
En la investigación nos enfrentamos con duras realidades. Campesinos que no duermen, que sienten que su esfuerzo ya no vale. Hombres que no se permiten llorar porque “así es el campo”, y mujeres que cargan con todo: la casa, los hijos, la tierra y el miedo. Jóvenes que se van porque la tierra ya no da ni comida ni futuro. Y lo más triste es que todo esto pasa en silencio, sin que nadie lo atienda.
Las políticas sobre cambio climático en Colombia hablan de adaptación, de sostenibilidad, de tecnología. Pero casi nunca hablan de las personas, de cómo se siente emocionalmente vivir en un clima que ya no se puede predecir. No hay rutas claras para atender la salud mental en el campo, o hay protocolos que reconozcan que el clima también puede romper el alma.
Por eso, desde nuestra investigación, proponemos cosas concretas: crear redes de apoyo emocional en las veredas, incluir psicólogos en los programas agrícolas, ajustar los horarios de trabajo cuando el calor es insoportable, reconocer el esfuerzo campesino con respeto, con escucha, con cuidado. Debemos enseñar a adaptarse al clima no solo desde lo técnico, sino también desde lo emocional.
El Día del Campesino no puede seguir siendo solo una fecha para discursos bonitos. Tiene que ser un grito de alerta. Porque si no cuidamos a quienes cuidan la tierra, ¿quién va a sembrar el futuro? El cambio climático no es solo un problema ambiental, es una amenaza directa a la salud de millones de personas que merecen ser vistas, escuchadas y protegidas.
Hoy más que nunca, necesitamos políticas con corazón. Que entiendan que la sostenibilidad también se construye con empatía. Porque si el campo se enferma, el país entero se tambalea. Y si no cuidamos la mente y el alma de quienes lo habitan, estaremos sembrando un futuro sin raíces.















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