En medio del acelerado crecimiento de las plataformas de domicilios y última milla en la región (como Rappi, iFood, Uber Eats o Didi, entre otras) los desafíos también se han vuelto una constante para estas empresas. Desde hace algún tiempo se reveló que el sector entró a formar parte de las industrias afectadas por el
En medio del acelerado crecimiento de las plataformas de domicilios y última milla en la región (como Rappi, iFood, Uber Eats o Didi, entre otras) los desafíos también se han vuelto una constante para estas empresas. Desde hace algún tiempo se reveló que el sector entró a formar parte de las industrias afectadas por el fenómeno de suplantación de identidad, lo que hoy amenaza de manera significativa su reputación.
En principio, lo que inició como un simple problema administrativo en donde repartidores o conductores utilizaban cuentas prestadas o compartidas, ya deriva en un riesgo mayor. Actualmente, se reportan casos de identidades falsas, documentos manipulados digitalmente, cuentas tomadas por terceros (account takeover) y uso de deepfakes para superar controles de verificación, situaciones que pueden llegar a comprometer más que la reputación, la integridad de los usuarios de estas plataformas.
En países como Colombia, por ejemplo, se ha documentado un “mercado negro” de perfiles de repartidores de Rappi vendidos por hasta US$160, fenómeno que también se ha extendido a otras partes de la región. De hecho, una investigación reciente de T13 Chile reveló un mercado negro internacional que incluye la venta y arriendo de cuentas activas de repartidores en servicios como Uber Eats, PedidosYa y Rappi, con precios que varían entre US$22 a US$128, dependiendo del tipo de cuenta y su antigüedad.
“No está en riesgo solo la operación logística, sino algo mucho más valioso: la confianza. Basta un caso viral de suplantación para afectar la reputación, atraer la atención regulatoria y provocar la fuga de usuarios”, advierte David Rojas, CEO de Intexus, firma latinoamericana especializada en tecnologías para la gestión de identidad.
El directivo explica que hoy, las plataformas más avanzadas combinan detección de fraude tradicional con capacidades de IA generativa, lo que permite crear reglas dinámicas, simulaciones de riesgo y respuestas automáticas en tiempo real. A esto se suma el seguimiento y perfilamiento continuo de cuentas, así como la implementación de escenarios preventivos frente a amenazas como el SIM swapping, fortaleciendo la seguridad del ecosistema de forma proactiva e inteligente.
Rojas añade, que en ese sentido, al momento de la entrega, se debería requerir una verificación biométrica rápida (como de reconocimiento facial y de voz) directamente desde la app del repartidor. “Esta validación se realiza junto con el código de entrega habitual, asegurando que no solo se confirme el pedido, sino también la identidad real del repartidor, evitando suplantaciones o usos indebidos de cuentas”.
El problema se agrava en un contexto donde la tecnología para cometer fraudes es más accesible y sofisticada que nunca. En países como Chile y Colombia se han reportado bandas que emplean documentos digitales falsificados para infiltrarse dentro de las aplicaciones. En paralelo, el Tech Transparency Project halló más de 800.000 cuentas ilegales de conductores de Uber y DoorDash en Estados Unidos activas en redes sociales.
La combinación de informalidad laboral, migración irregular y la ausencia de regulación homogénea en la región han convertido los perfiles falsos o robados en un recurso económico disponible y altamente explotado. La respuesta del sector se está desplazando hacia modelos de verificación de identidad en tiempo real, más allá del enrolamiento inicial. Como resume Rojas: “El fraude ya adoptó IA. Si las plataformas no responden con identidad inteligente, están perdiendo desde el diseño”.
La nueva arquitectura de control se basa en una combinación de múltiples capas: validación documental multipaís contra bases confiables; biometría facial o de voz con detección de vida; algoritmos de machine learning que analizan rutas y horarios para detectar comportamientos inusuales; y autenticación adaptativa que se activa ante desviaciones del patrón habitual. El objetivo no es frenar la operación, sino elevar el costo operativo del fraude hasta hacerlo inviable.
La verdadera pregunta ya no es si la industria puede reforzar la identidad, sino si puede permitirse no hacerlo. Las aplicaciones de última milla empezaron como una revolución en logística, pero hoy enfrenta un nuevo desafío: reconstruir el contrato de confianza con el usuario. Y en esta etapa, el verdadero diferencial ya no será la velocidad de entrega, sino la capacidad de demostrar, con evidencia y en tiempo real, quién está detrás de cada pedido.
“El ecosistema necesita dos elementos: tecnología y gobernanza. Una identidad soberana que sea interoperable entre plataformas, y un marco claro que reconozca que, sin certeza sobre quién entrega, no hay seguridad para quien abre la puerta”, concluye Rojas.














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