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Salud 21 Jul 2026 Por

Ver bien no siempre es aprender bien

Cuando un niño tarda demasiado en leer, evita escribir, pierde el renglón constantemente o regresa del colegio con dolor de cabeza, la primera explicación suele apuntar a la falta de interés, problemas de atención o dificultades de aprendizaje. Sin embargo, especialistas en salud visual advierten que, en numerosos casos, el verdadero obstáculo no está en la capacidad para aprender, sino en un problema visual que nunca ha sido detectado.

De hecho, para la Organización Mundial de la Salud, este es un problema de alcance global.  Se estima que, alrededor de 1.000 millones de casos con afectaciones visuales pudieron haberse evitado o no se han tratado, siendo errores de refracción no corregidos las principales causas de discapacidad visual en niños y adultos.  

La situación cobra especial relevancia porque buena parte del aprendizaje escolar depende de un sistema visual eficiente. Leer, escribir, copiar información del tablero, seguir instrucciones o trabajar frente a pantallas exige mucho más que distinguir letras o reconocer objetos a distancia.

“La mayoría de las personas asocia una buena visión con la capacidad de ver claramente. Sin embargo, ver bien no siempre significa que el sistema visual esté funcionando de manera adecuada para aprender”, explica Johanna González, docente del Programa de Optometría de Bogotá de la Fundación Universitaria del Área Andina. La especialista anota que muchas pruebas escolares solo miden la agudeza visual de lejos dejando de lado condiciones como la hipermetropía, que se manifiesta en fatiga extrema, por ejemplo, al leer de cerca un texto.

Cuando el esfuerzo no es el problema

González anota que una de las primeras señales de alerta se da cuando el niño puede, leer lentamente, perderse entre los renglones, omitir palabras, cometer errores frecuentes al copiar del tablero o cansarse rápidamente durante las tareas escolares. A ello suelen sumarse cambios en el comportamiento, como evitar estas actividades, frustrarse con facilidad, distraerse constantemente o mostrar un rendimiento inferior en actividades que requieren atención visual prolongada. El riesgo es que estas conductas sean interpretadas como falta de disciplina o desinterés, cuando en realidad podrían estar reflejando un sistema visual que no procesa la información con la eficiencia necesaria.

Por otra parte,  uno de los errores más frecuentes consiste en asumir que, si un niño reconoce personas, identifica objetos o alcanza a leer algunas palabras, entonces su visión está completamente sana. Sin embargo, existen circunstancias que pueden pasar inadvertidas y que ameritan una valoración profesional:

  • Se acerca demasiado al cuaderno o a los libros.
  • Pierde el renglón durante la lectura o utiliza constantemente el dedo para seguir el texto.
  • Tiene dificultad para copiar del tablero.
  • Se frota los ojos con frecuencia.
  • Entrecierra los ojos para enfocar.
  • Presenta dolor de cabeza, visión borrosa o fatiga ocular después de leer o escribir.
  • Evita actividades de cerca que antes disfrutaba.

Más que la presencia de una sola señal, los especialistas recomiendan prestar atención cuando varias de estas conductas aparecen de forma repetitiva tanto en el colegio como en casa.

Una barrera silenciosa para el aprendizaje

El impacto de una dificultad visual no detectada va más allá del rendimiento académico. Cuando leer o escribir exige un esfuerzo excesivo, el niño puede comenzar a desarrollar una percepción negativa sobre sus propias capacidades. Según González, mientras más tiempo permanezca sin identificarse el problema, mayores pueden ser las consecuencias sobre el desempeño escolar y la autoestima.

Por eso, la evaluación visual no debería limitarse únicamente a determinar si un niño necesita gafas, sino que debe entenderse como una herramienta para evaluar el funcionamiento integral del sistema visual y su relación con los procesos de aprendizaje.

Qué hacer cuando aparecen las primeras sospechas

La recomendación para familias y docentes es observar cuidadosamente los comportamientos que se repiten en distintos contextos y compartir esa información entre ambos, ya que muchas veces cada uno identifica señales diferentes. Si las dificultades en lectura, escritura, atención durante tareas visuales o los síntomas de fatiga ocular persisten, lo indicado es solicitar una evaluación visual completa con un profesional de la salud visual.

La docente también destaca la importancia de participar en programas de tamizaje visual escolar cuando estén disponibles, aunque aclara que estos constituyen únicamente una primera aproximación y no sustituyen una valoración clínica integral.

En muchos casos, concluye la experta, la pregunta clave no es cuánto está estudiando un estudiante, sino si realmente está viendo y procesando adecuadamente la información visual que recibe. Detectar estas dificultades de manera oportuna puede marcar una diferencia significativa en su desarrollo académico, su bienestar emocional y su confianza para aprender.

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Autor

Alirio Aguilera

Alirio Aguilera, periodista bogotano egresado de la Universidad Central de Bogotá, especializado en periodismo económico en la Universidad de la Sabana y con magister en Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana con amplia experiencia en medios de comunicación y también como docente de varias universidades y con gran experiencia como asesor de comunicaciones en el sector público y privado.

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