Claves para que la ayuda llegue a territorios aislados
En una emergencia, disponer de agua, alimentos, medicamentos o plantas eléctricas no garantiza que la ayuda llegue a quienes la necesitan. El resultado depende de una cadena que debe clasificar la carga, asignarle prioridad, protegerla y llevarla hasta comunidades que pueden quedar aisladas por cierres viales, fallas de conectividad o daños en la infraestructura.
Ese reto conecta la respuesta humanitaria con problemas habituales de la logística: visibilidad del inventario, coordinación entre actores, diseño de rutas alternas y conservación de productos sensibles al tiempo. Julián Suárez, profesional de compras estratégicas y cadena de suministro, sostiene que estas capacidades deben prepararse antes de que ocurra una catástrofe y no improvisarse durante la atención.
Suárez basa esta propuesta en operaciones de electrificación rural en Colombia, en las que participó en el traslado de paneles solares, baterías, inversores, cableado y otros equipos a zonas de difícil acceso. De acuerdo con la información suministrada por el experto, estos proyectos beneficiaron a más de 5.000 habitantes y requirieron combinar transporte terrestre, fluvial y, en algunos trayectos, animales de carga.
“La última milla no termina cuando se descarga un vehículo. Termina cuando la comunidad recibe un producto útil, a tiempo y acorde con una necesidad real”
Datos para decidir antes de despachar
La primera tarea consiste en conocer el estado real de la red. Un terremoto, un puente cerrado o una pista fuera de servicio puede volver obsoleto el plan de distribución en cuestión de minutos. Por eso, el experto Julián Suárez propone trabajar con un mapa operativo que reúna información de campo sobre rutas, tiempos, riesgos, centros de acopio y comunidades atendidas.
La tecnología cumple aquí una función concreta: consolidar reportes, actualizar el inventario disponible y compartir el estado de cada envío. Un tablero común permite identificar qué carga está en tránsito, qué ruta sigue, quién responde por cada tramo y dónde se confirmó la entrega. También facilita la reasignación de recursos cuando cambia el acceso a una zona.
La falta de una fuente compartida de información puede producir envíos duplicados hacia algunos puntos y dejar otros sin atención. También puede congestionar bodegas y centros urbanos con donaciones que no tienen destino, prioridad o condiciones adecuadas de almacenamiento.
Cinco decisiones para organizar la respuesta
1. Actualizar las rutas con información de campo.
Los mapas de operación deben registrar cierres, riesgos, tiempos y alternativas. La información administrativa sirve como punto de partida, pero debe contrastarse con reportes locales para evitar despachos hacia corredores bloqueados.
2. Clasificar la carga por urgencia y tiempo útil.
Agua potable, medicamentos, alimentos listos para consumo, combustible, equipos de comunicación y materiales de remoción no tienen la misma prioridad ni las mismas exigencias. La clasificación debe considerar el impacto inmediato, las condiciones de conservación y el plazo en el que cada producto sigue siendo útil.
3. Preparar rutas y medios alternativos.
Cuando falla una vía principal, la distribución puede requerir carreteras secundarias, lanchas, motocicletas, vehículos 4×4, animales de carga o centros temporales de acopio. Esas opciones deben evaluarse con antelación y contar con responsables definidos.
4. Proteger los productos sensibles.
Alimentos, medicamentos y algunos insumos médicos exigen empaques adecuados, control de temperatura, rotación, revisión de fechas y espacios secos. Registrar una entrega no basta si el producto llega deteriorado o sin condiciones de uso.
5. Coordinar inventarios y despachos.
Entidades públicas, operadores, donantes, transportadores y organizaciones comunitarias necesitan criterios comunes para nombrar la carga, reportar existencias, autorizar despachos y verificar entregas. La trazabilidad permite detectar faltantes y corregir la distribución mientras la operación sigue en marcha.
De los alimentos perecederos a la ayuda humanitaria
Suárez también ha aplicado controles de rotación, antigüedad de producto, trazabilidad de órdenes y precisión de inventario en operaciones de alimentos en Estados Unidos. A partir de esa experiencia desarrolló Fresh Flow, una metodología propia para gestionar productos perecederos bajo una premisa: el inventario pierde valor a medida que transcurre el tiempo.
En una operación alimentaria, una demora puede reducir la frescura o aumentar el desperdicio. En una emergencia, el mismo problema puede afectar un medicamento, un alimento, un equipo sin instalar o el abastecimiento de un centro de salud. La conexión entre ambos escenarios está en la capacidad de anticipar cuánto tiempo conserva cada carga y qué controles necesita hasta su destino.
Según cifras aportadas por Suárez, su trabajo en proyectos energéticos rurales estuvo asociado con ahorros de entre 15 % y 22 %, un cumplimiento superior al 95 % en entregas de última milla y la atención de más de 20 comunidades.
Una capacidad que se construye antes de la crisis
La principal recomendación es convertir la logística de emergencia en una capacidad permanente. Eso implica identificar corredores alternos, habilitar nodos regionales, definir requisitos de cadena de frío, mantener inventarios actualizados y precalificar proveedores y transportadores.
También exige acordar cómo circulará la información entre los participantes. Una plataforma por sí sola no resuelve la coordinación si cada organización clasifica la carga de manera distinta o conserva datos incompletos. La herramienta debe apoyarse en reglas comunes, responsables por tramo y evidencia de entrega.
Para Suárez, la medida real de una operación no es el volumen recibido en una bodega, sino la capacidad de convertirlo en atención efectiva. En territorios remotos, esa diferencia depende de decisiones tomadas antes del despacho y de información que acompañe la carga hasta la última milla.