El crecimiento del comercio digital en la región ya no se define solo por demanda, experiencia de usuario o capacidad comercial. Para las compañías que buscan operar en varios países, la diferencia empieza a estar en una capa menos visible: la infraestructura que permite aprobar pagos, adaptarse a medios locales, cumplir normas y mover dinero
El crecimiento del comercio digital en la región ya no se define solo por demanda, experiencia de usuario o capacidad comercial. Para las compañías que buscan operar en varios países, la diferencia empieza a estar en una capa menos visible: la infraestructura que permite aprobar pagos, adaptarse a medios locales, cumplir normas y mover dinero con menos fricción.
Durante años, la expansión regional de una empresa tecnológica se explicó casi siempre desde el mismo lugar: producto, marketing, ventas y apertura comercial. La receta parecía clara. Primero había que validar la solución, luego conseguir los primeros clientes, después adaptar la comunicación a cada mercado y, finalmente, escalar. Pero en América Latina esa secuencia tiene una condición que muchas compañías descubren tarde: no alcanza con que exista demanda. Tampoco alcanza con que el producto funcione. Para crecer de verdad, una empresa necesita resolver cómo va a cobrar en cada país.
Esa pregunta, que durante mucho tiempo quedó relegada a equipos financieros, técnicos o legales, empieza a ocupar un lugar central en la estrategia de expansión. En una región con monedas distintas, regulaciones específicas, adquirentes locales, billeteras digitales, transferencias, cuotas y hábitos de pago que cambian de mercado en mercado, cobrar deja de ser una función operativa para convertirse en una ventaja competitiva.
Nahuel Candia, CEO y cofundador de Rebill, lo resume a partir de una escena que ve repetirse en empresas que buscan crecer en América Latina: “El producto funciona, los primeros clientes aparecen y el equipo comercial ve tracción real. Y entonces alguien hace la pregunta que nadie anticipó: ¿cómo cobramos? El patrón es siempre el mismo: no tienen un problema de producto, tienen un problema de infraestructura de pagos”.
El punto es especialmente relevante porque la oportunidad regional sigue creciendo. Según eMarketer, el retail e-commerce de América Latina alcanzó los USD 191.250 millones en 2025, con un crecimiento interanual del 12,2%. Y la foto más reciente confirma que la tendencia continúa: un reporte de Endeavor y MercadoLibre citado por Reuters proyectó que las compras online en América Latina llegarán a USD 215.310 millones en 2026, con un ritmo de crecimiento 1,5 veces superior al promedio global.
La demanda, entonces, existe. La discusión pasa por la capacidad de capturarla. En ese escenario, vender más no necesariamente significa cobrar mejor. Una empresa puede tener tráfico, usuarios, intención de compra y una buena experiencia digital, pero perder ingresos en el momento más crítico: la aprobación del pago.
Ahí aparece una diferencia que suele ser invisible para el usuario, pero determinante para el negocio. Cuando una operación se procesa desde afuera del país del comprador, el banco emisor puede clasificarla como compra internacional y aplicar filtros más restrictivos. En ese escenario, las tasas de aprobación pueden caer a rangos de entre 20% y 45%. En cambio, cuando una empresa opera con adquirencia local, el emisor reconoce la transacción como doméstica y la aprobación puede ubicarse entre 60% y 85%, con fondos que luego se repatrian al país de la compañía en dólares o en la moneda que el merchant elija.
Traducido al lenguaje de negocio, esa diferencia no es un detalle técnico. Es facturación. Cada pago rechazado puede representar un cliente que quiso comprar y no pudo hacerlo. Cuando ese fenómeno se repite en miles de operaciones, la infraestructura deja de ser una preocupación secundaria y pasa a impactar directamente en ingresos, margen y crecimiento.
La complejidad aumenta porque América Latina ya no puede leerse como un mercado homogéneo ni como una región dominada únicamente por tarjetas internacionales. Las tarjetas de crédito representaban el 56% del e-commerce regional en 2019, cayeron al 42% en 2024 y se proyectan en 21% hacia 2030. En paralelo, las billeteras digitales y los sistemas de pago instantáneo ganan participación. En 2024, por primera vez en la región, los sistemas de pago rápido superaron a las tarjetas en volumen total.
Brasil es el ejemplo más visible de ese cambio. PIX, creado por el Banco Central en 2020, procesó 68.700 millones de transacciones en 2024, con un crecimiento del 52% en un año, y superó el volumen combinado de tarjetas de débito y crédito. Para una compañía que mira América Latina desde afuera, el mensaje es claro: no alcanza con aceptar Visa y Mastercard. Hay que entender cómo paga realmente cada mercado.
Por eso, la localización financiera empieza a pesar tanto como la localización comercial. Traducir una plataforma, mostrar precios en moneda local o adaptar campañas ayuda, pero no resuelve el problema de fondo. Localizar, en servicios financieros, implica conectarse con adquirentes, integrar medios de pago relevantes, comprender reglas regulatorias, optimizar tasas de aprobación, resolver conciliaciones y adaptarse a la forma concreta en que los usuarios pagan en cada país.
Según Candia, ahí aparece la diferencia entre tener un proveedor de pagos y construir una infraestructura regional. Rebill plantea una única integración para aceptar tarjetas, transferencias y billeteras digitales en distintos mercados, sin que cada comercio deba constituir una sociedad en cada país ni conectarse a un procesador diferente por mercado. La promesa es que una empresa pueda operar como local en varios países, con adquirencia local y repatriación de fondos.
“Construimos nuestro propio stack. Eso nos da control total sobre el producto y sobre un roadmap de soluciones regionales que los modelos de marca blanca no pueden ofrecer”, afirma Candia. En su lectura, depender completamente de terceros puede facilitar una primera entrada, pero también puede imponer un techo: más intermediarios, menor control y más dificultad para adaptar la operación cuando cambia una regulación, aparece un nuevo medio de pago o una compañía necesita operar en un nuevo mercado.
Ese punto se vuelve especialmente importante para empresas que no necesitan solamente cobrar una venta aislada, sino acompañar modelos de operación más complejos. Un marketplace que gestiona comisiones, una plataforma que opera en varios países o una compañía que necesita ordenar cobros, métodos locales, conciliación y repatriación de fondos requiere una capa financiera capaz de acompañar la lógica del negocio. Si esa capa no está resuelta, el problema puede aparecer como menor conversión, más fricción operativa o ingresos que no llegan a concretarse.
La conversación sobre inteligencia artificial agrega una capa adicional. El avance de la IA está acelerando el desarrollo de software y facilitando la creación de interfaces, flujos conversacionales y nuevas experiencias digitales. Eso abre oportunidades enormes, pero también modifica las fuentes de diferenciación. Si construir una aplicación se vuelve más rápido y accesible, una buena interfaz deja de ser suficiente para sostener una ventaja competitiva duradera.
En fintech, el valor empieza a concentrarse en activos más difíciles de replicar: licencias, conocimiento regulatorio, capacidad para gestionar riesgo, relaciones con adquirentes, datos transaccionales, prevención del fraude, cumplimiento normativo y control sobre la infraestructura que mueve el dinero. La aplicación sigue importando. La experiencia de usuario sigue importando. Pero ya no alcanzan por sí solas.
La infraestructura, en ese sentido, también vende. Una mejor tasa de aprobación vende. Una conciliación más clara reduce costos. Un procesamiento local disminuye fricciones. La posibilidad de incorporar los medios de pago relevantes de cada mercado facilita la expansión. La prevención del fraude protege margen y reputación. Todo eso puede estar lejos de la pantalla que ve el usuario, pero define si la operación se concreta o no.
Por eso, la próxima división dentro del ecosistema fintech podría no darse únicamente entre bancos tradicionales y empresas tecnológicas, sino dentro de las propias fintechs. De un lado, estarán aquellas capaces de construir experiencias digitales atractivas. Del otro, las que además puedan controlar la capa profunda del negocio financiero: regulación, riesgo, procesamiento, datos, seguridad, adquirencia y operación local.
La expansión regional entra así en una etapa menos asociada al brillo visible del producto y más vinculada con la calidad de la arquitectura que lo sostiene. En América Latina, vender más ya no garantiza cobrar mejor. Y cobrar mejor no depende solo de ofrecer un botón de pago, sino de entender cómo se mueve el dinero en cada mercado.
Para muchas empresas tecnológicas, la pregunta clave ya no será únicamente dónde hay demanda, sino dónde pueden operar con la profundidad necesaria para convertir esa demanda en ingresos reales. En un contexto donde el software se vuelve más abundante, la infraestructura financiera local se transforma en uno de los activos más escasos. Y en ese cambio se juega buena parte de la próxima etapa del crecimiento fintech en la región.















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