Colombia estrena este 15 de julio una jornada máxima de 42 horas semanales con una paradoja difícil de ignorar: acaba de recortar seis horas frente al antiguo límite laboral, pero genera apenas US$18,7 de PIB por cada hora trabajada, el nivel más bajo entre las economías comparadas por la OCDE. La cifra, contenida en el
Colombia estrena este 15 de julio una jornada máxima de 42 horas semanales con una paradoja difícil de ignorar: acaba de recortar seis horas frente al antiguo límite laboral, pero genera apenas US$18,7 de PIB por cada hora trabajada, el nivel más bajo entre las economías comparadas por la OCDE.
La cifra, contenida en el Compendio de Indicadores de Productividad 2026 y correspondiente a 2024, está medida en dólares constantes de 2020 ajustados por paridad de poder adquisitivo. No es salario ni dinero que recibe un trabajador: mide cuánto producto interno bruto genera una economía por cada hora de trabajo.
El contraste es amplio. Estados Unidos alcanzó US$84,1 por hora, cerca de 4,5 veces el nivel colombiano. Ese choque entre menos tiempo legal y bajo valor generado es el centro de un análisis del programa de Derecho de la Universidad de San Buenaventura, sede Bogotá, sobre el nuevo escenario laboral del país.
“El dato desmonta una idea muy instalada: Colombia no tiene un problema de falta de horas, sino de bajo valor producido durante esas horas”, afirma Giovanna Florián, directora del programa.dw Derecho de la Universidad de San Buenaventura, sede Bogotá.
La pregunta que empieza ahora es incómoda: ¿el país recortó seis horas improductivas o simplemente comprimió la misma carga en menos tiempo?
Reloj nuevo, exigencia vieja
La Ley 2101 de 2021 redujo gradualmente el máximo semanal de 48 a 47 horas en 2023, 46 en 2024, 44 en 2025 y 42 desde este 15 de julio. El recorte acumulado es de 12,5% y no permite disminuir la remuneración de los trabajadores cobijados por la norma.
Colombia queda así cerca de las referencias más reducidas de la región. Chile también llegó a 42 horas en abril de 2026 y avanzará a 40 en 2028. México conserva 48 durante 2026, pero comenzará en 2027 una transición que terminará en 40 en 2030.
El problema aparece cuando se mira el tiempo realmente laborado. ILOSTAT reportó que una persona ocupada en Colombia trabajó en promedio 42,8 horas efectivas por semana en 2025. En Chile fueron 38,9 y en Ecuador, 34,1.
“Trabajar menos horas no crea productividad por decreto, de la misma manera que trabajar más horas tampoco garantiza producir más”, advierte Florián.
Hay una cuenta que resume la presión. Si una operación obtenía determinado resultado en 48 horas y quiere conseguir exactamente lo mismo en 42, el resultado promedio por hora tendría que ser 14,3% mayor. No es una meta de productividad para Colombia ni una proyección económica: es la aritmética de producir lo mismo con seis horas ordinarias menos.
Una reunión sin decisiones, una aprobación que atraviesa cinco escritorios, un turno mal diseñado o una tarea manual que podría automatizarse pesan más dentro de una semana más corta. Si el recorte elimina esos tiempos muertos, puede mejorar el rendimiento. Si solo aprieta las mismas tareas, pueden crecer la presión, las horas extra y los cuellos de botella.
La frontera del cumplimiento
El cambio también aterriza en un mercado laboral fragmentado. Según el Dane, 54,7% de los ocupados estaba en la informalidad durante el trimestre marzo-mayo de 2026, frente a 55,9% un año atrás. En centros poblados y rural disperso la proporción llegó a 82,9%.
El dato no significa que todas esas personas estén automáticamente por fuera de cualquier protección laboral. Sí muestra que la nueva jornada entra en una economía donde millones trabajan bajo esquemas distintos al empleo asalariado formal y donde hacer efectivo un límite semanal puede ser mucho más complejo.
Por eso, la discusión no termina en salir antes de la oficina. Entra a los turnos, las reuniones, la capacitación, la automatización y la distribución de tareas. Cada minuto perdido ocupa ahora una porción mayor del tiempo ordinario disponible.
“Las 42 horas no son una política de productividad en sí mismas; son una presión para ser más productivos. El desafío ya no es cuánto tiempo permanece una persona en su puesto, sino cuánto valor logra producir durante ese tiempo”, concluye Florián.
Colombia ya cambió el reloj de la ley. La prueba que comienza es otra: demostrar si también puede hacer que cada hora cuente más.


















Leave a Comment
Your email address will not be published. Required fields are marked with *