Según Tom Ross, gestor de cartera de la firma internacional Janus Henderson Investors, la “politización” de los bancos centrales es algo más que una expresión difícil de pronunciar. Refleja una creciente presión política sobre los bancos centrales provocada por un contexto macroeconómico y político en constante evolución. Los gobernadores de los bancos centrales operan en
Según Tom Ross, gestor de cartera de la firma internacional Janus Henderson Investors, la “politización” de los bancos centrales es algo más que una expresión difícil de pronunciar. Refleja una creciente presión política sobre los bancos centrales provocada por un contexto macroeconómico y político en constante evolución.
Los gobernadores de los bancos centrales operan en condiciones difíciles. La independencia operativa implica que se espera de ellos que se resistan a las exigencias políticas y mantengan la disciplina, incluso a costa de su popularidad. La idea de que los responsables de la política monetaria deben “retirar la ponchera” en períodos de exuberancia económica refleja el papel incómodo, pero necesario, que desempeñan.
Vale la pena recordar que la independencia de los bancos centrales no siempre ha existido. Hasta 1997, el ministro de Hacienda del Reino Unido fijaba el tipo de interés oficial, mientras que el Banco de Inglaterra desempeñaba una función consultiva. Incluso en Estados Unidos (considerado un bastión de la independencia), había fallos: las grabaciones realizadas a principios de la década de 1970 entre el presidente de la Reserva Federal (Fed), Arthur Burns, y el presidente Nixon revelaron presiones sobre cómo la Fed podría ayudar a la economía y, en última instancia, respaldar al presidente Nixon.
En lugar de dirigir abiertamente las decisiones de política monetaria, los gobiernos influyen cada vez más en los resultados mediante nombramientos y cambios sutiles en los mandatos.
Un cambio tras la crisis
Se ha convertido casi en un cliché culpar a la crisis financiera mundial de los males actuales, pero lo cierto es que supuso un punto de inflexión fundamental en la política de los bancos centrales.
La magnitud y la urgencia de la respuesta, sobre todo a través de la flexibilización cuantitativa (QE) y la inyección de liquidez, ampliaron la percepción de las capacidades de la política monetaria. Lo que comenzó como medidas de emergencia se convirtió, con el tiempo, en herramientas habituales.
Los balances de los bancos centrales se dispararon. Es más, este cambio modificó la forma de pensar de los gobiernos. Si los bancos centrales podían estabilizar los sistemas financieros, apoyar el crecimiento y prevenir la deflación, ¿por qué no utilizar estas herramientas de forma más amplia? En algunos casos, esto fomenta un exceso de confianza en la facilidad para gestionar la inflación y la creencia de que la política monetaria podía alinearse más estrechamente con las prioridades políticas.
La política monetaria comenzó a sustituir a la política fiscal. Este desequilibrio reforzó la percepción de que los bancos centrales podían asumir una parte desproporcionada de la estabilización económica, lo que los entrelazó aún más con la toma de decisiones políticas.
¿Es demasiado restrictivo el enfoque basado en objetivos de inflación?
Aunque los objetivos de inflación siguen siendo un punto de referencia fundamental, a menudo se han aplicado de forma restrictiva, centrándose en los precios al consumo y pasando por alto indicadores financieros más amplios, como la inflación de los activos y las condiciones crediticias.
La política monetaria por sí sola es una herramienta poco precisa. En situaciones de crisis, los bancos centrales pueden actuar con rapidez, por lo que tiene sentido que se utilicen como primera fase de la respuesta (ya sea bajando o subiendo los tipos de interés o inyectando liquidez), pero es preferible que, a continuación, tome el relevo una respuesta fiscal (gasto público o austeridad). Si el estímulo es fiscal, y menos monetario, podría decirse que mejora la curva de rendimiento y reduce la desigualdad de riqueza. Por lo tanto, los objetivos de inflación deben ir respaldados por una combinación de instrumentos de política económica.
Resolver la tensión
Resulta difícil imaginar que se resuelva la tensión entre la independencia y la influencia política. Por ahora, probablemente tengamos que aceptar que los diferenciales soberanos incorporan un elemento de prima de riesgo.
Desde el punto de vista crediticio, debemos estar atentos a los niveles de endeudamiento, pero también ser conscientes de que las empresas necesitan asumir cierto riesgo financiero, ya que, de lo contrario, se exponen a un riesgo empresarial.















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