Por: Nancy Patricia Caviedes, Coordinadora del Programa en Gestión de Servicios para Aerolíneas de la Universidad Politécnico Grancolombiano Viajar siempre ha sonado bien. A todos nos atrae la idea de descubrir nuevos lugares, cambiar de rutina, descansar o simplemente escapar por unos días. Sin embargo, en medio de esa normalidad con la que hoy compramos
Por: Nancy Patricia Caviedes, Coordinadora del Programa en Gestión de Servicios para Aerolíneas de la Universidad Politécnico Grancolombiano
Viajar siempre ha sonado bien. A todos nos atrae la idea de descubrir nuevos lugares, cambiar de rutina, descansar o simplemente escapar por unos días. Sin embargo, en medio de esa normalidad con la que hoy compramos un tiquete, elegimos un destino y organizamos una maleta, pocas veces nos detenemos a pensar en el costo real de movernos por el mundo.
No hablo solamente del precio del pasaje, del hotel o del paquete turístico. Hablo de un costo más profundo: el ambiental, el social y el ético. Ese que muchas veces queda oculto detrás de una foto bonita, una promoción de temporada o una experiencia vendida como inolvidable.
Durante el proceso de construcción del libro “Explorando la sostenibilidad en servicios turísticos. Un enfoque formativo desde la investigación”, publicado por la Editorial del Politécnico Grancolombiano, fue inevitable volver sobre una realidad incómoda: la aviación, como eje fundamental del turismo global, tiene un impacto significativo en las emisiones de CO₂. Aunque la industria representa una proporción menor frente a otros sectores, su crecimiento proyectado plantea un desafío urgente para las próximas décadas.
El tráfico aéreo no deja de aumentar. Viajamos más, nos movemos más y consumimos más experiencias turísticas. Pero también generamos más presión sobre los territorios, los ecosistemas y las comunidades receptoras. Lo más inquietante es que no estamos ante un problema sin alternativas. La industria ya ha demostrado que puede avanzar: flotas más eficientes, reducción en el consumo de combustible, combustibles sostenibles de aviación, compensación de emisiones y mejores prácticas operacionales.
Entonces la pregunta deja de ser técnica y se vuelve ética: ¿por qué, si sabemos que el turismo tiene consecuencias, seguimos actuando como si viajar fuera un acto neutro?
Porque no lo es. Cada decisión cuenta. El vuelo corto que elegimos por comodidad, el destino saturado que seguimos visitando, el consumo desmedido de recursos en hoteles, la poca conciencia frente a las comunidades locales y la idea de que el turista siempre tiene derecho a todo hacen parte de un modelo que necesita ser revisado.
Sin embargo, sería injusto reducir la aviación y el turismo únicamente a sus impactos negativos. Durante la pandemia, cuando el mundo se detuvo, la carga aérea sostuvo cadenas esenciales para la vida: transportó vacunas, medicamentos, insumos médicos y recursos necesarios para enfrentar una crisis global. La misma industria cuestionada por sus emisiones fue también una de las que permitió que el mundo siguiera funcionando. Esa contradicción no puede ignorarse.
El reto, entonces, no es dejar de viajar. El verdadero desafío es aprender a viajar mejor.
Desde una perspectiva local, este debate también debe tocar a sectores como el hotelería, la gastronomía, las agencias de viaje, los operadores turísticos y las instituciones de formación. Todavía existe desconocimiento sobre normativas, prácticas sostenibles e impactos reales de la actividad turística. Seguimos usando la expresión “turismo sostenible” como si fuera una etiqueta atractiva, cuando en muchos casos aún no comprendemos lo que implica aplicarla de manera responsable.
La sostenibilidad no puede seguir siendo un discurso decorativo. Debe convertirse en una práctica cotidiana: en la forma como se diseñan los productos turísticos, se forman los profesionales, se gestionan los destinos y se educa al viajero.
Viajar seguirá siendo una de las experiencias más valiosas que tenemos como seres humanos. Nos conecta con otras culturas, amplía nuestra mirada y nos permite comprender mejor el mundo. Pero también puede convertirse en una de las prácticas menos responsables si no la cuestionamos.
No podemos seguir vendiendo el turismo como una actividad ligera, sin consecuencias. La pregunta ya no es si queremos seguir viajando. La pregunta urgente es si estamos dispuestos a transformar la manera en que lo hacemos.
Porque tal vez la crisis no está solamente en el turismo. Tal vez la crisis está en nosotros, que seguimos recorriendo el mundo sin preguntarnos si realmente lo estamos cuidando.
















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