El problema no somos nosotras
Por: Gloria Nancy Ríos, docente investigador de la Universidad Politécnico Grancolombiano
Durante años hemos usado metáforas para hablar de las dificultades que encuentran las mujeres en sus carreras profesionales: techos de cristal, suelos pegajosos… Estas expresiones nos han ayudado a hablar de un problema que durante mucho tiempo pasó desapercibido.
El asunto es que, a veces, terminamos mirando más lo que le ocurre a cada mujer que las condiciones que hay detrás. Hablamos de los efectos emocionales o psicológicos, pero no hablamos mucho de las barreras sociales, culturales, económicas e históricas que también pesan en nuestras decisiones y oportunidades.
Esto se ve, por ejemplo, cuando una mujer abandona su carrera académica. Es fácil pensar que lo hizo por falta de confianza, por una decisión personal o por alguna dificultad en su vida. Pero si nos quedamos solo con esa explicación, dejamos por fuera una parte importante de la historia: las condiciones en las que estudió y trabajó, las oportunidades que tuvo y los obstáculos que encontró.
Porque incluso cuando existen reglas para ascender, criterios para reconocer la producción científica o políticas para conciliar la vida personal y profesional, no todas las personas tienen las mismas condiciones para aprovechar esas oportunidades.
La forma en que funcionan estas medidas en la práctica también puede marcar diferencias entre quienes logran avanzar y quienes encuentran más obstáculos en el camino.
A esto se suma que no todas las mujeres vivimos las mismas experiencias. Nuestra trayectoria también puede estar marcada por el origen social, la etnia, el territorio del que venimos, la edad o el área en la que trabajamos. Cuando varias de estas condiciones se cruzan, las dificultades pueden aumentar.
Por eso, hablar de las mujeres como si todas partiéramos del mismo lugar también puede hacer que dejemos de ver una parte importante del problema.
Esta discusión es especialmente importante en áreas como ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Durante años hemos insistido en que necesitamos más mujeres en estos campos y, sin duda, lograr que más niñas y jóvenes puedan acceder a ellos es fundamental.
Pero entrar no es suficiente. También tenemos que mirar qué ocurre después: cuántas permanecen, qué oportunidades encuentran para crecer, cuántas llegan a posiciones de liderazgo y si sus aportes reciben el mismo reconocimiento.
Hoy me cuestiono si tal vez hemos formulado mal la pregunta. En lugar de preguntarnos siempre por qué una mujer no avanzó, también deberíamos preguntarnos qué encontró en el camino que le impidió hacerlo. Esa fue una de las reflexiones que me dejó mi participación en el estudio “Interrupted trajectories: Gender metaphors and professional gaps in global academia”.
Si conocemos las barreras, sabemos dónde aparecen y entendemos sus consecuencias, ¿por qué seguimos esperando que sean las mujeres quienes aprendan a superarlas en lugar de preguntarnos por qué todavía existen?