Por: Johann García, Coordinador de la Especialización en Gerencia de Riesgos y Seguros de la Universidad Politécnico Grancolombiano A veces creemos que hablar de finanzas es hablar en otro idioma, de números fríos y lejanos. Pero cuando miramos con lupa a Chile, México y Colombia, entendemos que la economía no es una fórmula, sino una
Por: Johann García, Coordinador de la Especialización en Gerencia de Riesgos y Seguros de la Universidad Politécnico Grancolombiano
A veces creemos que hablar de finanzas es hablar en otro idioma, de números fríos y lejanos. Pero cuando miramos con lupa a Chile, México y Colombia, entendemos que la economía no es una fórmula, sino una estructura de poder y de decisiones. Y lo que encuentro, como profesor, es inquietante: no estamos jugando el mismo juego, ni siquiera estamos en la misma cancha.
Este análisis proviene de lo que encontramos durante la construcción del libro “Finanzas prácticas como ejercicio de investigación formativa. Transversalidad de las finanzas y su aplicación en casos reales, Vol. 2”, desarrollado con la editorial del Politécnico Grancolombiano.
Los datos revelan algo más profundo que solo cifras. Chile, por ejemplo, no es perfecto, pero juega con reglas mucho más claras. Su 87,9 en efectividad judicial frente a 39,4 de México no es solo un indicador, sino una ventaja estructural. Es la diferencia entre tener garantías o incertidumbre; entre competir con estabilidad o hacerlo con desconfianza. Chile no solo produce distinto, compite bajo condiciones más favorables.
México, en cambio, es una paradoja. Tiene mayor libertad de inversión (75 frente a 60 de Chile), pero con instituciones más débiles, desconfiables. Es decir, abre puertas con facilidad, pero no siempre puede sostenerlas. Y ahí está la trampa: parecer competitivo no significa serlo en igualdad de condiciones. ¿Qué pesa más al final: acceso o confianza?
Colombia, por su parte, me genera una incomodidad distinta. Supera a México en algunos indicadores clave, como efectividad judicial (59) y libertad financiera (70), pero se sostiene sobre una base inestable: una salud fiscal de 38,5 y una deuda cercana al 60 % del PIB. Es un país con posibilidades, sí, pero limitado por las mismas reglas que dice querer cambiar desde hace años.
Cuando miro el sector agrícola, esa desigualdad se vuelve aún más evidente. México compite con volumen y presión, Chile con especialización y organización. Colombia, en cambio, sigue fragmentada: más del 95 % de sus empresas son pequeñas. Y ahí es donde se rompe la narrativa optimista. No es solo una característica del sector, es el resultado de reglas que no permiten crecer, asociarse ni competir en igualdad de condiciones.
Por eso creo que estamos planteando mal la discusión. No se trata de quién produce más o quién atrae más inversión. Se trata de bajo qué reglas lo está haciendo. Porque cuando las condiciones son distintas, los resultados también lo son. Y seguir comparándolos como si fueran equivalentes es profundamente injusto.
Lo que veo, y lo digo sin rodeos, es que no estamos fallando por talento, estamos fallando porque las condiciones no son las mismas, las reglas cambian. Mientras Chile fortalece sus instituciones y México amplía su apertura, Colombia sigue discutiendo aspectos básicos de su estructura. Como si no fuera ahí donde realmente se define el rumbo económico.
Entonces me pregunto, no solo como profesor sino como ciudadano, si queremos competir de verdad o simplemente sostenernos en condiciones difíciles. Porque al final, detrás de cada cifra hay decisiones, y mientras no entendamos que la economía también es el diseño de esas condiciones, vamos a seguir hablando de potencial sin transformar los resultados.















Leave a Comment
Your email address will not be published. Required fields are marked with *