Por: Diana Mercedes Valdés, coordinadora del Programa de Negocios Internacionales de la Universidad Politécnico Grancolombiano Sede Medellín Hay una verdad que muchos empresarios prefieren no mirar de frente y que ya no se puede seguir ignorando: las pequeñas empresas no fracasan por falta de esfuerzo, sino por insistir en competir solas. En un mercado que
Por: Diana Mercedes Valdés, coordinadora del Programa de Negocios Internacionales de la Universidad Politécnico Grancolombiano Sede Medellín
Hay una verdad que muchos empresarios prefieren no mirar de frente y que ya no se puede seguir ignorando: las pequeñas empresas no fracasan por falta de esfuerzo, sino por insistir en competir solas. En un mercado que exige velocidad y escala, la soledad empresarial dejó de ser valentía y pasó a ser un error estratégico, una desventaja evidente.
Esta reflexión nace de la investigación “Análisis de la asociatividad como estrategia para impulsar el comercio de pequeños y medianos productores: caso en América Latina” que desarrollamos desde el Politécnico Grancolombiano, donde analizamos la asociatividad como estrategia para impulsar el comercio de pequeños productores.
Más que un análisis académico, fue una confirmación de que, sin cooperación empresarial, las oportunidades simplemente no alcanzan y los esfuerzos terminan fragmentándose.
El estudio lo muestra con claridad. La globalización exige innovación, tecnología y músculo financiero, elementos que las pymes difícilmente poseen en solitario. Pretender que compitan en igualdad de condiciones no solo es ingenuo, es desconectarse de la realidad. Asociarse no es una opción sofisticada, es el punto de partida para sobrevivir y mantenerse competitivo.
Y, sin embargo, hay una realidad que seguimos sin resolver, y es que asociarse no fluye de manera natural. Lo que encontramos fue una suma de barreras persistentes: alta intermediación, ausencia de asistencia técnica, limitaciones de capital y una estructura débil para acceder a mercados internacionales, que termina excluyendo a los productores más pequeños.
Pero incluso más allá de eso, hay un problema más profundo. Y esta no es una falla menor, es, probablemente, la principal razón por la que tantos esfuerzos empresariales terminan estancados. Nos cuesta confiar tanto, que preferimos sostener negocios débiles antes que compartir decisiones.
Nos cuesta ceder información, coordinar y construir en colectivo. Y esa desconfianza no solo limita el crecimiento, también impide aprovechar oportunidades que solo existen cuando se trabaja en conjunto.
Por ejemplo, en América Latina existen intentos que lo evidencian. Brasil, Chile y otros países han impulsado modelos asociativos con resultados relevantes, pero aún frágiles. Muchas de estas iniciativas fallan no por falta de intención, sino por debilidades en la coordinación, la continuidad institucional y la capacidad de adaptación a contextos cambiantes.
Colombia no es ajena a esta situación. Hemos creado asociaciones que no logran transformar la vida de quienes las integran. Productores con bajo poder de negociación, dependencia de intermediarios y organizaciones que no terminan de consolidarse. En muchos casos, estas asociaciones existen en el papel, pero no en la práctica real del mercado.
Lo verdaderamente crítico es que sabemos qué hacer, pero elegimos no hacerlo. El cambio real no está en la economía, está en la mentalidad. En un entorno global donde crecer implica unirse y colaborar, insistir en la fragmentación no es una postura sino una desventaja elegida. Y en ese escenario, el resultado es evidente: quien no aprende a construir junto a otros, simplemente queda fuera.















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