En un hospital, una alarma debería activar una reacción inmediata. Esa es su función: advertir que algo necesita atención. Sin embargo, no siempre ocurre así. En servicios como urgencias, hospitalización o unidades de cuidados intensivos, donde operan monitores multiparámetro, bombas de infusión, ventiladores y otros equipos biomédicos, el sonido de alertas puede dejar de ser
En un hospital, una alarma debería activar una reacción inmediata. Esa es su función: advertir que algo necesita atención. Sin embargo, no siempre ocurre así. En servicios como urgencias, hospitalización o unidades de cuidados intensivos, donde operan monitores multiparámetro, bombas de infusión, ventiladores y otros equipos biomédicos, el sonido de alertas puede dejar de ser una ayuda y convertirse en ruido de fondo.
A ese fenómeno se le conoce como fatiga de alarmas. Ocurre cuando los sistemas de monitoreo generan un volumen excesivo de alertas, muchas de ellas no críticas, repetitivas o falsas, hasta saturar la atención del personal clínico. El problema es serio: cuando una alarma suena demasiadas veces sin representar un riesgo real, la respuesta frente a una eventualidad puede perder velocidad.
Carlos Andrés Pérez Angarita, docente del programa de Ingeniería Biomédica de Areandina, sede Bogotá, advierte que se trata de un riesgo silencioso. “No es que falten alarmas, sino que hay demasiadas y muchas no aportan información útil”, explica. El sistema deja de operar como apoyo clínico eficiente y empieza a generar ruido.
Desde la ingeniería biomédica, las causas suelen repetirse: configuraciones de fábrica, sensores mal posicionados o deteriorados, y límites de alarma demasiado sensibles para la condición real del paciente. También influyen interferencias eléctricas o de movimiento, problemas de calibración y el desgaste de equipos con años de uso. El resultado es una cadena de advertencias que no siempre refleja una urgencia clínica, pero sí ocupa tiempo y atención.
La prevención requiere configuración clínica adecuada, capacitación del personal y mantenimiento técnico periódico. “Un sensor bien colocado y un límite de alarma ajustado al perfil del paciente pueden reducir significativamente las alertas innecesarias”, señala Pérez.
Qué alarmas no deberían pasar desapercibidas
Detrás de una alarma confiable hay un trabajo decisivo: mantenimiento preventivo, calibración y pruebas funcionales. Estas revisiones permiten detectar desviaciones en sensores, errores en módulos de medición y fallas en los sistemas de alarma antes de que afecten la atención. Cuando esos controles no se realizan con la periodicidad adecuada, aparecen las llamadas “fallas invisibles”: errores que no son evidentes a simple vista, pero que pueden impedir que el equipo responda correctamente.
“El mantenimiento y la verificación técnica son fundamentales para garantizar que una alarma realmente represente un evento clínico y no una falla del sistema”, resume el docente de Areandina.
Por eso, más allá del sonido de un dispositivo, hay señales concretas que no deberían normalizarse dentro de un hospital:
1. Alarmas que suenan de forma repetitiva durante mucho tiempo: Si una alerta se mantiene por varios minutos o aparece una y otra vez, puede haber una falla técnica, una mala configuración o una situación clínica que necesita revisión.
2. Sensores sueltos, mal adheridos o deteriorados: Electrodos despegados, clips de oximetría flojos o sensores en mal estado alteran la lectura y pueden generar falsas alarmas.
3. Cables desconectados, tensados o mal ubicados: El movimiento del paciente o una conexión inestable puede interrumpir la señal y disparar alertas que no corresponden a un deterioro real.
4. Mensajes de error o advertencias técnicas en pantalla: No toda alarma está relacionada con el estado del paciente. A veces el propio equipo avisa que hay un problema interno o una falla operativa.
5. Sistemas que emiten muchas alertas sin jerarquía clara: Cuando todas las alarmas suenan igual, sin diferenciar entre una advertencia informativa y una crítica, aumenta el riesgo de confusión y respuesta tardía.
Blindar el sistema de alarmas no debería significar solo tener equipos modernos. También implica integrar dispositivos para evitar duplicaciones, definir jerarquías claras entre alertas críticas e informativas y establecer protocolos sobre quién debe actuar ante cada señal.
En ese escenario, pacientes y familias también pueden aportar desde la observación, sin manipular nunca los equipos. Si una alarma suena repetidamente, si hay sensores mal puestos, cables desconectados o mensajes de error en pantalla, lo correcto es avisar al personal de enfermería, indicando lo observado y desde cuándo ocurre.
La seguridad hospitalaria no depende solo de máquinas que pitan. Depende de alarmas pertinentes, equipos mantenidos y de que nadie termine acostumbrándose al ruido. Porque en salud, una alarma ignorada no siempre es un sonido de fondo: a veces es la señal que llega antes de un evento adverso.
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