¿Estudiar todavía mueve el mundo?
Por: Lina Marcela Giraldo, Secretaria Académica y de Docencia en el Politécnico Grancolombiano
El 75,5 % de los graduados en América Latina está trabajando. ¿Qué nos dice esta cifra? Más que un dato, es una señal potente de que la universidad sí está abriendo puertas. Y, en contextos marcados por la desigualdad, como los que vivimos en América Latina, esto solo nos dice que la educación superior sigue siendo, sin duda, una de las herramientas más efectivas para avanzar.
Tengo que confesar algo. Hacer parte del proceso de la investigación “Construcción de referentes metodológicos para la evaluación de impacto del perfil de egreso en programas de América Latina” liderada por la OEI y en la que participamos desde el Politécnico Grancolombiano, junto a varias universidades de la región, me llenó el alma. Gracias a eso hoy estoy más convencida de que la universidad sí cambia vidas, no de forma inmediata ni perfecta, pero sí de manera progresiva, acumulativa y profundamente significativa.
La evidencia es clara. Encontramos que cerca de tres de cada cuatro estudiantes mejoran sus ingresos después de graduarse, y más del 70 % percibe un avance en su calidad de vida. ¿Qué significa esto? Más oportunidades, mayor estabilidad y una posibilidad real de proyectarse hacia el futuro. Son avances concretos que, en muchos casos, marcan un antes y un después para muchas vidas.
Sin embargo, lo más valioso no siempre está solo en esas cifras, sino en el impacto humano. Muchos graduados son la primera generación universitaria de sus familias. Y ese hecho, por sí solo, ya transforma trayectorias. La universidad no solo mejora condiciones materiales; amplía horizontes, cambia expectativas y abre caminos que antes no estaban disponibles.
También hay un cambio menos visible, pero igual de crucial. La universidad no solo forma en conocimientos, sino en capacidades para enfrentar la complejidad del campo laboral actual. El pensamiento crítico, la toma de decisiones y la adaptación al cambio son hoy tan importantes como cualquier saber técnico. Son habilidades que no solo permiten acceder a un empleo, sino sostenerse y crecer en él en contextos cada vez más exigentes. Y en ese terreno, los datos muestran que la educación superior sí está dejando huella.
Ahora bien, reconocer estos avances no significa romantizar nuestra realidad. El ascenso social no ocurre con la misma velocidad para todos, ni depende exclusivamente de tener un título. El contexto sigue importando: el lugar donde se nace, las oportunidades disponibles, las dinámicas del mercado laboral… pero incluso allí, la universidad marca una diferencia: no elimina esas condiciones, pero sí cambia la manera en que se enfrentan.
Lo veo todos los días en los estudiantes. Llegan con dudas, muchas veces con trayectorias difíciles, y salen con herramientas, criterio y nuevas formas de entender su lugar en el mundo. No siempre con todo resuelto, pero sí mejor preparados para construirlo. Y ese cambio, aunque a veces no sea inmediato, sí termina siendo decisivo.
Entonces, ¿sirve la universidad para ascender socialmente? Sí, sirve. Sirve para avanzar, para ampliar posibilidades, para abrir caminos donde antes no los había. Y aunque no garantice por sí sola un cambio radical en todos los casos, sigue siendo uno de los instrumentos más poderosos para transformar vidas. El desafío no es cuestionar su valor, sino potenciar su alcance para que ese impacto llegue cada vez más lejos en nuestra región.