Por: Jaime Edison Rojas, líder del Centro de Investigación en Análisis de Datos Económicos y Sectoriales del Politécnico Grancolombiano. No hay que ser economista para entender que cuando los gigantes del planeta se pelean, los países más frágiles terminan pagando la factura. Lo hemos vivido una y otra vez. Las guerras, las pandemias, las tensiones diplomáticas
Por: Jaime Edison Rojas, líder del Centro de Investigación en Análisis de Datos Económicos y Sectoriales del Politécnico Grancolombiano.
No hay que ser economista para entender que cuando los gigantes del planeta se pelean, los países más frágiles terminan pagando la factura. Lo hemos vivido una y otra vez. Las guerras, las pandemias, las tensiones diplomáticas o las decisiones impredecibles de un presidente extranjero no se quedan en titulares: llegan hasta el precio del arroz en la tienda del barrio, a los ingresos de los caficultores, al empleo del que depende la comida en nuestra mesa.
Una constante en el mundo durante las últimas décadas ha sido la incertidumbre y, durante los últimos años, he investigado cómo los choques geopolíticos (esas sacudidas que da el mundo sin pedir permiso) afectan los mercados de materias primas, principales productos exportados por nuestro país. No son simples gráficos o modelos matemáticos, son radiografías del impacto real que tienen estos eventos sobre nuestras economías y sobre quienes viven de producir y exportar bienes básicos.
El mayor impacto de los choques no está en cómo se mueven los productos por el mundo, sino en lo que pasa con sus precios. Y esos precios, cuando suben o bajan de forma abrupta, desestabilizan la vida de millones. Es una especie de efecto mariposa perverso: una decisión en Washington, una invasión en Europa del Este o una nueva variante de virus en Asia pueden traducirse en hambre, desempleo o deuda en América Latina o África.
Lo irónico es que mientras las grandes potencias diseñan estrategias para blindarse, muchos países en desarrollo se siguen comportando como si el mundo fuera predecible. Como si no supiéramos que el tablero internacional se mueve con más rapidez de lo que nuestros sistemas políticos pueden asimilar. El problema es que esa lentitud tiene consecuencias. Cuando los precios se disparan o se desploman, los más afectados son los países que viven de producir materias primas, especialmente aquellos que dependen del café, el petróleo, el banano o el litio para sobrevivir.
Pero este no es solo un diagnóstico pesimista. Hay formas de resistir, y mi investigación “Choques geopolíticos y cadenas globales de valor: una estimación por vectores autorregresivos” que realicé en el Politécnico Grancolombiano lo deja claro. Los países que tienen políticas públicas para estabilizar precios, aquellos que cuentan con redes de apoyo financiero para pequeños productores, y los que integran variables geopolíticas en su análisis económico, logran amortiguar el golpe. No se trata de adivinar el futuro, sino de asumir, de una vez por todas, que el futuro será inestable.
Lo que más me preocupa no es el vaivén de los precios, sino la forma en que lo normalizamos. Hemos llegado al punto en que la especulación se vuelve parte del paisaje económico, y eso termina favoreciendo a los grandes inversionistas, pero aplastando a los agricultores, obreros y emprendedores. Cuando un saco de fertilizante cuesta el doble porque hay una guerra al otro lado del mundo.
La pandemia fue un campanazo, pero la invasión rusa a Ucrania y la guerra comercial entre China y EE. UU. terminaron de confirmar lo evidente. Vivimos en un sistema económico hiperconectado, pero desequilibrado, y mientras no enfrentemos esa paradoja, seguiremos vulnerables.
El llamado es claro. No podemos seguir leyendo los choques geopolíticos como si fueran cosas de diplomáticos y cancilleres. Son, en realidad, asuntos profundamente cotidianos. Afectan lo que comemos, lo que ganamos, lo que pagamos. Por eso, urge que, desde la academia, los gobiernos y la ciudadanía empecemos a hablar de geopolítica con los pies en la tierra.
Nosotros, los países del sur global, no podemos seguir siendo simples espectadores de esa pelea. Si algo muestra esta investigación es que necesitamos dejar de reaccionar a los choques y comenzar a anticiparlos, resistirlos y, por qué no, neutralizarlos.
Porque si el mundo estornuda y nosotros temblamos, ya es hora de aprender a construir paraguas, muros y respuestas. No podemos cambiar las reglas del juego, pero sí aprender a jugar mejor.















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