Por: Allyson Karen Venegas, docente de la Escuela de Administración y Competitividad de la Universidad Politécnico Grancolombiano ¿Quién sostiene la ciudad cuando el empleo formal no alcanza, cuando el salario no dura y cuando el mercado expulsa más de lo que incluye? La respuesta está frente a nosotros, pero seguimos sin verla. La economía
Por: Allyson Karen Venegas, docente de la Escuela de Administración y Competitividad de la Universidad Politécnico Grancolombiano
¿Quién sostiene la ciudad cuando el empleo formal no alcanza, cuando el salario no dura y cuando el mercado expulsa más de lo que incluye? La respuesta está frente a nosotros, pero seguimos sin verla. La economía popular no es el plan B, es la base silenciosa que mantiene a flote a miles de familias todos los días.
Precisamente sobre el tema, en la investigación “Dinámica del negocio de las confecciones en la economía popular”, que realizamos junto a los docentes Mauricio Martínez, Hernando Espitia y Nydia Hernández en el Politécnico Grancolombiano, quisimos poner el foco donde casi nunca se mira: en los talleres, los pequeños locales y las decisiones cotidianas que permiten que estos negocios sigan vivos, aun cuando el sistema parece no estar pensado para ellos.
Los resultados son claros y, a la vez, incómodos. Más de la mitad de estos negocios no son recientes, no nacieron ayer ni desaparecerán mañana. Llevan años funcionando, adaptándose, aprendiendo a sobrevivir. Entonces, ¿por qué seguimos hablando de la economía popular como algo transitorio o improvisado?
Además, estos negocios son pequeños, sí, pero no frágiles. Operan con equipos de dos a cinco personas, muchas veces familiares. Esa cercanía no es debilidad sino estrategia. Permite reaccionar rápido, ajustar la producción, cambiar precios y sostenerse cuando el mercado se vuelve hostil. Lo pequeño, aquí, es sinónimo de agilidad.
Sin embargo, la realidad no es amable. Casi la mitad ha enfrentado crisis fuertes: caída de ventas, pérdida de clientes, aumento en los costos. Aun así, siguen ahí, no porque alguien los proteja, sino porque se reinventan, buscan nuevos mercados, cambian diseños, recortan gastos. ¿Cuántas empresas grandes resistirían así sin ayudas?
Otro hallazgo obliga a repensar nuestros prejuicios: la digitalización ya llegó a la economía popular, pero de forma intuitiva y práctica. Redes sociales y WhatsApp se han vuelto vitrinas y canales de venta. No hay grandes plataformas ni equipos especializados, hay aprendizaje diario, y, aun así, funciona.
El gran muro sigue siendo el financiamiento. La mayoría quiere invertir, crecer, mejorar maquinaria, sin embargo, el crédito sigue siendo costoso o inaccesible. Muchos terminan recurriendo a la familia o a soluciones informales. Aquí la paradoja es evidente, porque sí hay voluntad de crecer, pero no existen condiciones reales para hacerlo.
A pesar de todo, el optimismo persiste. La mayoría cree que su negocio puede mejorar. Si han sobrevivido a varias crisis, sienten que pueden con la siguiente. Esa confianza es el motor invisible que mantiene viva la economía popular, aunque nadie la celebre.
La investigación también muestra que los negocios familiares reciben más apoyo estatal que otros. Esto revela que las redes importan, pero también que la política pública llega de manera fragmentada. Muchos quedan por fuera, no por falta de mérito, sino por falta de información o acompañamiento.
Entonces, la pregunta incómoda es inevitable: ¿hasta cuándo seguiremos hablando de la economía popular como marginal, cuando en realidad sostiene buena parte de la vida urbana? No es informalidad por descuido, es organización frente al abandono.
Esta investigación no pide aplausos, exige atención, exige políticas que entiendan cómo funcionan estos negocios, créditos pensados para su realidad y programas que acompañen sin imponer. Dejemos de mirar estos talleres como un problema y empecemos a verlos como una solución cotidiana. Escuchar, diseñar con ellos y actuar ya no es una opción técnica, es una responsabilidad social.















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