Puertos modernos, bolsillos vacíos

Puertos modernos, bolsillos vacíos

Por: Diana Valdés, docente de la Escuela de Negocios y Desarrollo Internacional de la Universidad Politécnico Grancolombiano   Cada vez que veo un anuncio sobre la digitalización de un puerto, escucho las mismas palabras: “competitividad”, “desarrollo”, “oportunidad”. Sin embargo, hay algo que no encaja en ese discurso tan limpio. ¿Por qué, si todo es tan

Por: Diana Valdés, docente de la Escuela de Negocios y Desarrollo Internacional de la Universidad Politécnico Grancolombiano
 
Cada vez que veo un anuncio sobre la digitalización de un puerto, escucho las mismas palabras: “competitividad”, “desarrollo”, “oportunidad”. Sin embargo, hay algo que no encaja en ese discurso tan limpio. ¿Por qué, si todo es tan prometedor, las regiones portuarias siguen enfrentando desigualdad, precariedad laboral y poca redistribución económica? La tecnología avanza rápido, pero los beneficios parecen llegar muy despacio a quienes más los necesitan.
 
La economía portuaria está experimentando una transformación profunda, casi silenciosa, pero decisiva. Quienes toman decisiones celebran la velocidad, los tiempos reducidos y los costos optimizados. Y no se puede negar: los puertos digitalizados funcionan mejor. Pero detrás de esa eficiencia hay una pregunta incómoda que me persigue desde hace meses: ¿qué tan sostenible es este modelo para los países que aún están lejos de tener la infraestructura y los recursos tecnológicos necesarios para competir?
 
Cuando desarrollé la investigación “Industrias 4.0 y su aplicabilidad para la competitividad de las operaciones logísticas de los principales puertos de Latinoamérica” en el Politécnico Grancolombiano, confirmé algo que muchos prefieren no decir en voz alta: la tecnología mejora la competitividad, pero también amplía las brechas económicas entre puertos fuertes y puertos débiles. Los grandes se modernizan, negocian con gigantes tecnológicos, automatizan operaciones y crecen, pero los demás intentan no quedarse demasiado atrás, aunque cada año parezca más difícil alcanzar el ritmo.
 
Digitalizar un puerto no significa instalar un par de sensores o comprar un software. Implica inversiones millonarias, equipos nuevos, infraestructura robusta y personal especializado. Y aquí aparece la primera gran grieta: solo los puertos con mayor movimiento, ingresos y apoyo estatal pueden asumir ese salto tecnológico. Los puertos medianos o pequeños, en cambio, se ven obligados a posponer la transformación o adoptarla de forma fragmentada, creando sistemas incompletos que terminan siendo costosos pero poco eficientes. ¿Cómo compite una terminal pequeña contra un puerto que opera casi como un aeropuerto automatizado?
 
Además, la digitalización también transforma la estructura del empleo. Operaciones que antes requerían fuerza laboral intensiva ahora dependen de sistemas automatizados, plataformas centralizadas o robots de patio. Aunque la tecnología crea nuevos perfiles, no todos los trabajadores portuarios pueden hacer ese tránsito. ¿Qué ocurre con quienes llevan años descargando contenedores o manejando grúas y ahora ven su oficio volverse “obsoleto”? La economía celebra la eficiencia, pero pocas veces se detiene a pensar en las personas que quedan en medio.
 
Por otra parte, está la distribución real de los beneficios. Los puertos más modernos reducen tiempos, atraen más carga y fortalecen corredores logísticos. Sin embargo, ¿esas ganancias se quedan en el territorio? La realidad indica que, muchas veces, los márgenes crecen más para los operadores globales que para las economías locales. Las comunidades cercanas no ven mejoras significativas en empleo, infraestructura o calidad de vida, aunque el puerto exhiba cifras récord de movimiento. Es como vivir junto a una máquina poderosa que no alimenta a quienes están al lado.
 
La sostenibilidad, que suele presentarse como un concepto ambiental, también es un asunto económico. Los puertos del futuro deben ser más limpios, consumir menos energía y reducir su huella ecológica, pero lograr eso también cuesta. Reemplazar equipos contaminantes, instalar paneles solares, electrificar muelles o gestionar residuos digitales exige inversión y voluntad política. ¿Cuántos puertos de la región tienen realmente recursos para dar ese salto sin sacrificar otros frentes prioritarios?
 
Los países que avanzan de manera equilibrada lo hacen porque han entendido que la tecnología no se puede separar de la política económica. Cuando hay estrategia pública, los puertos no solo crecen, sino que arrastran consigo al territorio, generan empleo calificado, impulsan cadenas logísticas regionales y fortalecen la economía nacional. Cuando la digitalización se deja únicamente en manos del mercado, la desigualdad se multiplica.
 
A veces me pregunto si estamos construyendo puertos del futuro con economías del pasado. ¿De qué sirve tener un puerto inteligente si las ciudades portuarias siguen siendo escenarios de informalidad, contaminación y desigualdad? No puedo evitar pensar que la modernización portuaria, tal como se está dando hoy, corre el riesgo de convertirse en una modernización vacía: brillante por fuera, frágil por dentro.
Alirio Aguilera
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